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jueves 29 octubre, 2026
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Lindísima carta de una artista recordando cierta parte de su infancia en América

América, ciudad cabecera del Partido de Rivadavia en la provincia de Buenos Aires, a unos 500 kilómetros de la Capital Federal y en el límite con la provincia de La Pampa. Teníamos la costumbre de visitar a una prima hermana de mi madre, Isabel y a su esposo Antonio Nasi, en la segunda semana de las vacaciones de invierno, después de haber dejado lista la tarea escolar, y ahora que me doy cuenta, justo caíamos en época de carneadas.

Tomábamos el tren en Luján aproximadamente 23hs y en la mañana el querido tío Antonio nos esperaba en el andén de su ciudad. Papá quedaba trabajando toda la semana y viajaba en el tren del viernes por el gusto de ir a buscarnos para regresar juntos el domingo. Ellos acostumbraban a viajar por empresa Chevallier, pero nosotros fanáticos ferroviarios teníamos pases gratis anuales para cualquier destino del país y encima yo estaba convencida que los trenes eran de mi viejo, y mis amigos aún recuerdan mi frase infantil “los trenes son de mi papá”. Podíamos caminar en el pasillo, cambiar de ventanillas, ir al baño, tener el equipaje a mano, y también, la mecedora marcha acortaba las horas de viaje al convertir los asientos en camas… ¡y dormir! Para orgullo de mi papá en aquellos años podía recitar de memoria el nombre de todas las estaciones intermedias entre Luján y América. Al pasar por Timote, sabíamos que se veía desde el tren la quinta donde estuvo secuestrado y fusilado el General Pedro Eugenio Aramburu, y como era de aquellos temas que a los niños nos decían que “de eso no se habla” igual nos servía el dato para calcular que ya faltaba muy poco para llegar. Un año tardó como dieciocho horas el viaje debido a las inundaciones que sumergieron los campos en casi toda la provincia de Buenos Aires y el desborde del Río Quinto con agua que bajaba de Córdoba y de Santa Fe, el tren avanzaba a paso de hombre por el riesgo de descarrilamiento. En ambos lados de las ventanillas se perdía la vista con agua hacia el horizonte. Sólo se veían las paralelas de rieles al frente, las puntas de los postes de alambrados y las copas de los árboles. Con los años dejó de ir mi hermano mayor Leonardo pero con mamá sumamos a mi hermanito Nahuel quien disfrutaba los días como gran amigo del tío Nasi. Al llegar, Isabel tenía una lista de sus amistades para las que mamá debía tejerle guantes y con esta labor pasaban las tardes en interminables charlas. La tía preparaba unas galletitas con la nata de la leche recién ordeñada y horneadas en el fogón a leña, una exquisitez que jamás volví a probar.

La ciudad era extremadamente calma pero no aburrida, siempre tuvo vida social. Conocíamos los comercios por su nombre, dirección y también sabíamos dónde comprar o no según los precios. Aquí mi madre nos compró un pupitre de madera lustrada con asiento deslizable, pizarrón y gabinete para guardar útiles. Lo despachó por encomienda y con Leonardo crecimos compartiendo el reglamentado uso sin pelear. Ahora está en el comedor de mi casa con pertenencias que van sucediéndose conforme crecen mis sobrinos que lo eligen para ver televisión y hasta para comer. De la casa de los tíos traje mis patines, son de competición y hay que ser muy hábil para dominarlos. Son planchuelas de hierro sobre cuatro rulemanes que sostienen el pie desde el tobillo con un tiento de cuero con hebillas… y no tienen freno. Si patinaba en la terraza de mi casa, para quienes estaban abajo parecía que tenían un aeroplano volando rasante sobre el techo. La tía Isabel era unos 25 años mayor que mamá y como si fuera una hermanita pequeña y mimosa ambos tenían especial cariño por ella y por todo lo que de ella viniera: apreciaban mucho a nuestro padre y desbordaban de atenciones con nosotros sus hijos. Era fácil comprobar cuánto los alegraba recibirnos porque se activaba una ronda diaria de vecinos para darnos la bienvenida y proponernos salidas, cenas o almorzar en el hangar con los González y otras visitas. Así caímos en la casa de don Ernesto Martín ubicada en Cuenca, Tres Algarrobos, pueblo de donde es nacido Santiago del Moro. Las delegaciones propias son González Moreno, Fortín Olavarría, Roosevelt y Sansinena donde también tenemos una querida familia amiga, los Marcantonio, fundada por Ana María Pérez y su esposo Carlos.

En la adolescencia tuve mi barra de amigos con los que hacíamos inolvidable esa mágica semana de invierno, conectando el punto de encuentro en el mástil de la plaza Colón rodeada por el edificio municipal y la iglesia de San Bernardo, patrono de la ciudad. No me gusta el viento y en América era insoportable por la arenilla que levantaba y te pulía los dientes, pero no me importaba nada. Tanto me gustaba ir que hasta me colé en el viaje de bodas de mi tío Julio Brusse. Se casó de grande y lo teníamos tan entusiasmado con relatos de nuestros viajes que propuso pasar sus días de luna de miel en América y allá fuimos: el tío, su esposa… y yo.

La tía Isabel le decía a mi madre que me robaría, que buscaría candidatos para que yo me case y me afinque en América así ella tendría que visitarnos más seguido. Por esta técnica “celestina” de Isabel llegué a tener suegras sin conocer a los pretendientes. Las envolvía con atrayentes relatos respecto de mis modales y simpatía, que las doñas quedaban encantadas y dispuestas a entregar a sus hacendados y estancieros amados hijos. Pero cuando llegaba el momento de agendarme alguna cita formal se acababa la generosa estadía vacacional y “Petronila pegaba la vuelta”.

La casona sobre la calle Avellaneda 424 era enorme. Amplios dormitorios de cinco metros por cada lado, con piso de pinotea y altos techos de ladrillos; moderno baño con bañera; cocina con fogón a leña, y detrás una despensa (o paraíso terrenal) que tenía jamones colgando, salames, salamines, bondiolas, estantes con hormas de queso, cajones con carne, panceta y cueros salados. Afuera un corredor abierto unía la edificación decorada con glicinas y madreselvas. En el patio el imprescindible aljibe donde nos atropellábamos para ganar el balde, bajarlo hasta lo permitido por la cadena y subirlo colmado de agua dulce. En el terreno lindero estaba el prestigioso taller de don Antonio Nasi.

En días de carneada cada galpón era una peña folclórica perfecta y espontánea. Algunos se largaban a bailar, recitar, contar cuentos y hasta desafiar un malambo. Todo en el mismo ritmo en que se pesaban las carnes y los condimentos, se picaba, se embutía, se salaba y se cocinaban las tortas de chicharrones. A mi hermano Leonardo lo esperaba el mortero, mamá preparaba tortas fritas, y a mí, bueno, la guitarra siempre me dio de comer. Después de todo eso el cerdo retumbaba en la mollera y quería salir en tropel por las orejas, pero ninguno agonizó y al año siguiente volvíamos a encontrarnos en idéntica escena.

En la madrugada del 7/07/1979 llegó la triste noticia de la muerte del joven boxeador de peso mediano y prestigioso noqueador argentino «El indio» Alfredo Horacio Cabral de sólo 23 años, en un accidente automovilístico en la ruta nacional 33, cerca de Bahía Blanca cuando volvía de alentar a su hermano Raúl, también boxeador. Había nacido en Santa Isabel, provincia de La Pampa y adoptó la ciudad de América para vivir y dar sus primeros pasos en el boxeo, junto a “Pirincho” Aroná y el Dr. Ameijeiras. En el accidente también falleció Oscar Gianera, el hermano de su entrenador Enrique Gianera que junto a Raúl “Burro” Cabral viajaban en el mismo vehículo y resultaron ilesos. El tío Antonio era una personalidad que no pasaba inadvertida y debía concurrir. Me dijo: “-¿Me acompañás sobrina?”. Después de cenar ataviados por el frío, salimos del brazo hasta el club. Leonardo había estado en la tarde con sus amigos. Para el sepelio llegaron en helicóptero algunos famosos como Tito Lectoure, Víctor Emilio Galíndez y periodistas conocidos como Horacio García Blanco y Walter Nelson.

La tía Isabel tenía mucho humor y con el tío cruzaban elegantes diálogos con picardía. Parecían novios. Él no ahorraba piropos y atenciones para ella. Eran excelentes anfitriones. Antonio cumplía los años el 11 de mayo, ¡mismo día que yo! y cada año jugábamos carrera para ver quién enviaba al otro el saludo epistolar más original. Cuando cumplí quince años casi lo infarto hasta que conoció el contenido del texto: le remití un telegrama colacionado invitándolo a “nuestra” fiesta (la de él y la mía), cortamos juntos la torta y también bailamos el vals. Era impensado tener algún festejo familiar sin que ellos, «los de América», estuvieran presentes en Luján.

Después de alguna de aquellas vacaciones, el tío Nasi le envió una carta a Nahuel donde lo pinta claramente con su lenguaje de ternura, paciencia y cercana complicidad con un niño de 5 años.

Una pareja de sobrinos directos de Antonio fueron padres de una bebé que nació con una malformación en sus piernitas y debían someterla a reiteradas operaciones en el Hospital de Niños para que le permitiera caminar, por eso viajaban seguido desde América a Capital con la niña sostenida por férulas y armazones de hierro conforme iba creciendo. Delia le contó a mamá que cuando pasaban por Luján le imploraba a la Virgen por la salud de su hijita y prometió que si lograba mejorarla vendrían a casarse a la Basílica un 8 de diciembre. Mi madre se ocupó de allanar todos los obstáculos que se presentaban para acompañar a Delia a cumplir la promesa por su hija. Movió cielo y tierra para que autoricen la boda ¡¡justamente un 8 de diciembre en Luján!! La ceremonia la realizó nuestro gran amigo sacerdote el padre Adrián Ferreyra que tantas veces bendijo nuestra mesa familiar y mi hermano Leonardo y yo fuimos los padrinos de la boda. El mismo cura fue quien también le participó por primera vez del sacramento de la Eucaristía a la pequeña y dulce hija, correctamente preparada para recibir la comunión. Con los años, aquella bebé logró su título de Profesora Superior de Danzas Folclóricas y abrió su propia academia de bailes. ¡¡Tomá pa´ vos con la Virgen de Luján cuando la fe no tiene dudas!!

Al morir Antonio Nasi, sus amigos construyeron una nichera para su descanso en reconocimiento a sus valores humanos que lo destacaba como buena persona. La tía quedó unos años sola en la enorme casona y cuando su cabeza la perdía de la realidad la trajeron a la Capital donde murió. Cuando gané el Premio Revelación de Folclore de la provincia de Buenos Aires en 1988, firmé el primer contrato para cantar en la apertura de la Fiesta Nacional del Ternero en Ayacucho, y el segundo destino fue un recital en el Club Atlético Barrio Norte en el marco de celebración del 40° Aniversario de la Creación del Instituto Comercial América. La noche anterior actué en el teatro de General Villegas y detrás de la función cubrimos el tramo de 50 km para arribar con mamá y Nahuel al hotel previsto en América. Nos pegó mal la melancolía al darnos cuenta que estábamos en un pueblo entrañable pero alojados fuera de nuestra querida morada de la calle Avellaneda. También me contactaron para integrar la cartelera artística cuando se organizaba la celebración de “Cien años de la ciudad». Agradecí pero no acepté.

Estoy mariconeando al escribir esto porque no volví más a América, y si la ciudad está más grande, más moderna, más linda, no me importa. Creo que no quiero imaginar cambiada la casa de Avellaneda 424 sin Isabel, sin Antonio y sin aquellas vacaciones de invierno de mi adorada infancia.

Pura melancolía de esta cantora… Por María Celeste Lores.

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